lunes, 31 de octubre de 2016

Las bases del capitalismo: sociedad anónima, salariado, plusvalía e interés


Por Jorge Garrido San Román

  El capitalismo es el modelo económico final del pensamiento moderno que se formó a raíz del liberalismo económico, y dicho modelo se sustenta básicamente en la propiedad capitalista —gracias fundamentalmente a la sociedad anónima—, el trabajo mediante el sistema del salariado, la asignación de la plusvalía al capital y el incentivo del interés.

1.— Sociedad anónima (S.A.)

  El progresivo triunfo del maquinismo supuso la aparición de nuevas formas de propiedad. Las especiales características de la sociedad anónima la convirtieron en el medio ideal para la creación de las grandes empresas; con ella, el hombre ya no es propietario; ahora la propiedad es una abstracción representada por trozos de papel —acciones—, algo impersonal, sin rostros ni sentimientos.

  Sin embargo, el desarrollo de la sociedad anónima ha servido también para establecer de forma cada vez más clara la separación entre los socios capitalistas —propietarios de las acciones— y los empresarios —directivos, hombres de empresa contratados para gestionar y dirigir la labor empresarial—. Este es uno de los fenómenos más significativos del capitalismo moderno y confirma nuestras ideas acerca de la armonización de empresarios, técnicos y obreros, siendo todos ellos trabajadores en un mismo plano frente a los parásitos capitalistas —lo que no significa que no sea imprescindible el capital, sino sólo que éste debe ser suministrado de forma alternativa para poder cumplir su función social—.

2.— Salariado

  El sistema de salariado es, junto al interés y el modelo de empresa, la base del sistema capitalista, si bien se trata del último elemento que cronológicamente se generalizó —recordemos que no es hasta 1807 cuando es abolida la esclavitud en el Reino Unido, momento a partir del cual sólo es posible producir con mano de obra asalariada—.

  El salario es el precio del trabajo. El trabajo se compra y se vende a un precio determinado. No es el fruto del trabajo lo que se vende, sino el trabajo en sí mismo, ya que se considera que el fruto del trabajo nunca forma parte del patrimonio del trabajador al haber comprado el capitalista su trabajo a priori. La cruel expresión mercado de trabajo no hace sino reflejar la imperante idea del trabajador como un elemento más de la producción, como un factor productivo que se compra y se vende.

  El sistema de salariado es inmoral, pues el trabajador se vende a sí mismo, lo que atenta gravemente contra la dignidad humana; disolvente, ya que establece una relación bilateral de trabajo que divide a la sociedad en dos grupos: el de los que venden su trabajo y el de los que lo compran; y antieconómico, porque el asalariado se siente completamente desligado de la función que realiza, del fruto de su trabajo —lo que los marxistas llaman alienación—.


3.— Plusvalía

  La plusvalía es la diferencia de valor entre el producto manufacturado y lo que costó su fabricación —materias primas, energía, salarios, etc.—. Es, en definitiva, el valor añadido que crea el trabajador, y en el actual sistema dicha plusvalía queda en manos del capitalista.

  Para los nacionalsindicalistas la plusvalía es fruto de la producción, y por lo tanto no es creación del capital, sino del trabajo. El capital por sí mismo no genera plusvalías. Necesita la intervención del trabajador para tener un valor añadido y por éso es él su legítimo propietario.

  Sin embargo, no sería correcto afirmar que el nacionalsindicalismo pretenda que esa plusvalía se abone directamente al trabajador. José Antonio precisó muy acertadamente que «la plusvalía de la producción debe atribuirse no al capital, sino al Sindicato Nacional productor». Así, la plusvalía será administrada en beneficio directo de los trabajadores a través de su Sindicato, pudiendo ser empleado para labores de capitalización, financiación, obras sociales, etc. Nunca suponiendo su reparto directo.

4.— Interés

  El hombre, olvidando el origen y la finalidad del dinero, pronto encontró en él otra manera de vivir sin trabajar: prestar al que no tiene. Así nació la dictadura del dinero, es decir, el capitalismo financiero, anónimo y explotador. Claro que en realidad nadie vive sin trabajar, ya que quien vive de tal manera, lo que en realidad hace es vivir del trabajo de los demás. 

  De poco sirvió la ofensiva que desde la Antigüedad se emprendió contra lo que se denominó usura. Aristóteles, Platón, Cicerón, Catón, Plutarco o Séneca fueron algunos de los ilustres pensadores clásicos que la condenaron sin paliativos, lo mismo que todas las grandes religiones.

  Es el protestantismo, que ya hemos señalado como germen del pensamiento moderno, quien rehabilita el interés, y muy en concreto Calvino, quien en su importante obra Institución de la religión cristiana (1536) consideraba que la moralidad de la exigencia de intereses dependía de las circunstancias de cada caso concreto y de cada época. Con ella abrió una puerta que ya no ha podido ser cerrada, y ello hasta el punto de que el interés es la base de los sistemas monetarios capitalistas.


  Ciertamente, el interés es el fundamento del actual sistema monetario, pero al mismo tiempo también es su mayor problema, ya que obliga a un crecimiento monetario —y con ello también del sistema productivo— de tipo exponencial. En efecto, el interés compuesto hace que el dinero se duplique a intervalos regulares: a un 1%, se duplica en 72 años; a un 3%, en 24 años; a un 6%, en 12 años; a un 12%, en 6 años, etc. Y ello hace matemáticamente imposible el pago continuado de intereses.

  ¿Cómo se soluciona esta evidente contradicción? Recurriendo a la injusticia social, a la expoliación de los países subdesarrollados; la sobreexplotación de la naturaleza; las crisis más o menos periódicas que sirven para reconducir una situación insostenible; las guerras, que suponen negocios por un lado y, por otro, destrucción para volver a empezar —no olvidemos que las grandes guerras mundiales han obedecido a la necesidad de salir de las crisis capitalistas, lo cual debe servir de advertencia respecto de la próxima guerra mundial que se puede estar gestando y que explicaría la extraña política que se está llevando en Oriente Medio [...]—, etc.

  Para acabar con todos estos problemas es necesario, pues instaurar un nuevo sistema monetario libre de la servidumbre del interés pero que tenga otro mecanismo eficaz para garantizar la circulación monetaria y, al mismo tiempo, facilitar el intercambio de bienes y servicios, el ahorro y el préstamo —estableciendo una tasa de uso o circulación, por ejemplo—.


Extraído por SDUI del prólogo a: “Central Obrera Nacional-Sindicalista: textos de y sobre los primeros sindicatos falangistas (1934—1937)”

miércoles, 12 de octubre de 2016

La nación exploradora


Por Charles Fletcher Lummis


  Es ya un hecho reconocido por la historia que los piratas escandinavos habían descubierto y hecho algunas expediciones a la América del Norte mucho antes de que pusiera su planta en ella Cristóbal Colón. El historiador que hoy considere aquel descubrimiento de los escandinavos como un mito, o como algo incierto, demuestra no haber leído nunca las Sagas. Vinieron aquellos hombres del Norte, y hasta acamparon en el Nuevo Mundo antes del año mil; pero no hicieron más que acampar; no construyeron pueblos, y realmente nada añadieron a los conocimientos del mundo; nada hicieron para merecer el título de exploradores.

 El honor de dar América al mundo pertenece a España; no solamente el honor del Descubrimiento, sino el de una exploración que duró varios siglos y que ninguna otra nación ha igualado en región alguna. Es una historia que fascina, y, sin embargo, nuestros historiadores no le han hecho hasta ahora sino escasa justicia. La historia fundada sobre principios verdaderos era una ciencia desconocida hasta hace cosa de un siglo; y la opinión pública fue ofuscada durante mucho tiempo por los estrechos juicios y falsas deducciones de historiadores que sólo estudian en los libros. Algunos de estos hombres han sido no tan sólo escritores íntegros, sino también auténticos; pero sus misma popularidad ha servido para difundir más sus errores. Su época ha pasado, y principia a brillar una nueva luz. Ningún hombre prestigioso se atrevería ya a citar a Prescott o a Irving o a ningún otro de sus secuaces, como autoridades de la historia; hoy sólo se les considera como brillantes noveladores y nada más.

  Es menester que alguien haga tan populares las verdades de la historia de América como lo han sido las fábulas. […]. Este libro no es una historia; es sencillamente un hito que marca el verdadero punto de vista, la idea amplia, y tomándolo como punto de partida, los que tengan interés en ello podrán con más seguridad llevar adelante la investigación de los detalles, mientras que aquellos que no puedan proseguir sus estudios, poseerán siquiera un conocimiento general del capítulo más romántico y más repleto de valientes proezas que contiene la historia de América.

  No se nos ha enseñado a apreciar los asombroso que ha sido que una nación merecieres una parte tan grande del honor de descubrir América; y sin embargo, cuando lo estudiamos a fondo, es en extremo sorprendente. Había un Viejo Mundo grande y civilizado: de repente se halló un Nuevo Mundo, el más importante y pasmoso descubrimiento que registran los anales de la Humanidad. Era lógico suponer que la magnitud de ese acontecimiento conmovería por igual la inteligencia de todas las naciones civilizadas, y que todas ellas se lanzarían con el mismo empeño a sacar provecho de lo mucho que entrañaba ese descubrimiento en beneficio del género humano. Pero en realidad no fue así. Hablando en general, el espíritu de empresa de toda Europa se concentró en una nación, que no era por cierto la más rica o la más fuerte.

  A una nación le cupo en realidad la gloria de descubrir y explorar la América, de cambiar las nociones geográficas del mundo y de acaparar los conocimientos y los negocios por espacio de siglo y medio. Y esa nación fue España.

  Un genovés, es cierto, fue el descubridor de América; pero vino en calidad de español; vino de España por obra de la fe y del dinero de los españoles; en buques españoles y con marineros españoles, y de las tierras descubiertas tomó posesión en nombre de España. Imaginad qué reino tendrían entonces Fernando e Isabel, además de su pequeño jardín de Europa: medio mundo desconocido en el cual viven hoy una veintena de naciones civilizadas, y en cuya inmensa superficie, la más nueva y la más grande de las naciones no es sino un pedazo. ¡Qué vértigo se hubiera apoderado de Colón si hubiese podido entrever la inconcebible planta cuyas semillas, por nadie adivinadas, tenía en sus manos aquella hermosa mañana de octubre de 1492!

  También fue España la que envió un florentino de nacimiento, a quien un impresor alemán hizo padrino de medio mundo, que no tenemos seguridad que él conociese; pero estamos seguros de que no debería llevar su nombre. Llamar América a ese continente en honor de Américo Vespucio fue una injusticia, hija de la ignorancia, que ahora nos parece ridícula; pero de todos modos, también fue España la que envió el varón cuyo nombre lleva el Nuevo Mundo.

  Poco más hizo Colón que descubrir la América, lo cual es ciertamente bastante gloria para un hombre. Pero en la valerosa nación que hizo posible el descubrimiento, no faltaron héroes que llevasen a cabo la labor que con él se iniciaba. Ocurrió ese hecho un siglo antes de que los anglosajones pareciesen despertar y darse cuenta de que realmente existía un nuevo mundo; durante ese siglo la flor de España realizó maravillosos hechos. Ella fue la única nación de Europa que no dormía. Sus exploradores, vestidos de malla, recorrieron Méjico y el Perú, se apoderaron de sus incalculables riquezas e hicieron de aquellos reinos partes integrantes de España. Cortés había conquistado y estaba colonizando un país salvaje doce veces más extenso que Inglaterra, muchos años antes de que la primera expedición de gente inglesa hubiese siquiera visto la costa donde iba a fundar colonias en el Nuevo Mundo, y Pizarro realizó aún más importantes obras.

  Ponce de León había tomado posesión en nombre de España de lo que es ahora uno de los Estados de nuestra República, una generación antes de que los sajones pisasen esa comarca. Aquel primer viandante por la América del Norte, Álvaro Núñez Cabeza de Vaca, había hecho a pie un recorrido incomparable a través del continente, desde la Florida al Golfo de California, medio antes de que los sajones sentasen la planta en nuestro país*. Jamestown, la primera población inglesa en la América del Norte, no se fundó hasta 1607, y ya por entonces estaban los españoles permanentemente establecidos en la Florida y Nuevo Méjico, y eran dueños de un vasto territorio más al Sur. Habían ya descubierto y casi colonizado la parte interior de América, desde el nordeste de Kansas hasta Buenos Aires, y desde el Atlántico hasta el Pacífico. La mitad de los Estados Unidos, todo Méjico, Yucatán, la América Central, Venezuela, Ecuador, Bolivia, Paraguay, Perú, Chile, Nueva Granada y además un extenso territorio, pertenecía a España cuando Inglaterra adquirió unas cuantas hectáreas en la costa de América más próxima.

 No hay palabras con que expresar la enorme preponderancia de España sobre todas las demás naciones en la exploración del Nuevo Mundo. Españoles fueron los primeros que vieron y sondearon el mayor de los golfos; españoles los que descubrieron los dos ríos más caudalosos; españoles los que por vez primera vieron el océano Pacífico; españoles los primeros que supieron que había dos continentes en América; españoles los primeros que dieron la vuelta al mundo. Eran españoles los que se abrieron camino hasta las interiores lejanas reconditeces de nuestro propio país y de las tierras que más al Sur se hallaban, y los que fundaron sus ciudades miles de millas tierra adentro, mucho antes de que el primer anglosajón desembarcase en nuestro suelo.

 Aquel temprano anhelo español de explorar era verdaderamente sobrehumano. ¡Pensar que un pobre teniente español con veinte soldados atravesó un inefable desierto y contempló la más grande maravilla natural de América o del mundo —el Gran Cañón del Colorado— nada menos que tres centurias antes de que lo viesen ojos sajones! Y lo mismo sucedía desde el Colorado hasta el Cabo de Hornos. El heroico intrépido y temerario Balboa realizó aquella terrible caminata a través del Itsmo, y descubrió el océano Pacífico y construyó en sus playas los primeros buques que se hicieron en América, y surcó con ellos aquel mar desconocido, y ¡había muerto más de medio siglo antes de que Drake y Hawkings pusieran en él sus ojos!

[…] Si en la costa oriental duró un siglo la guerra con los indios, tres siglos y medio pelearon en el sudoeste los españoles. En una colonia española (Bolivia) perecieron a manos de los naturales, en una carnicería, tantos como habitantes tenía la ciudad de Nueva York cuando empezó la guerra de la independencia. Si los indios del levante hubiesen dado muerte a veintidós mil colonos en una horrible matanza, como hicieron con los españoles los indios de Sorata […].

  Cuando sepa el lector que el mejor libro de texto inglés ni siquiera menciona el nombre del primer navegante que dio la vuelta al mundo —que fue un español—, ni del explorador que descubrió el Brasil —otro español—, ni del que descubrió California —español también—, ni los españoles que descubrieron y formaron colonias en lo que es ahora los Estados Unidos, y que se encuentran en dicho libro omisiones tan palmarias, y cien narraciones históricas tan falsas como inexcusables son las omisiones, comprenderá que ha llegado ya el tiempo de que hagamos más justicia de la que hicieron nuestros padres a un asunto que debiera ser del mayor interés para todos los verdaderos americanos.

  No solamente fueron los españoles los primeros conquistadores del Nuevo Mundo y sus primeros colonizadores, sino también sus primeros civilizadores. Ellos construyeron las primeras iglesias, escuelas y universidades; montaron las primeras imprentas y publicaron los primeros libros; escribieron los primeros diccionarios, historias y geografías, y trajeron los primeros misioneros; y antes de que en Nueva Inglaterra hubiese un verdadero periódico, ya ellos habían hecho un ensayo en Méjico ¡y en el siglo XVII!

  Una de las cosas más asombrosas de los exploradores españoles –casi tan notable como la misma exploración– es el espíritu humano y progresivo que desde el principio hasta el fin caracterizó sus instituciones. Algunas historias que han perdurado, pintan a esa heroica nación como cruel para los indios; pero la verdad es que la conducta de España en este particular debiera avergonzarnos. La legislación española referente a los indios de todas partes era incomparablemente más extensa, más comprensiva, más sistemática, y más humanitaria que la de Gran Bretaña, la de las colonias y la de los Estados Unidos todas juntas. Aquellos primeros maestros enseñaron la lengua española y la religión cristiana a mil indígenas por cada uno de los que nosotros aleccionamos en idioma y religión. Ha habido en América escuelas españolas para indios desde el año 1524. Allá por 1575 –casi un siglo antes de que hubiese una imprenta en la América inglesa– se habían impreso en la ciudad de Méjico muchos libros en doce diferentes dialectos indios, siendo así que en nuestra historia sólo podemos presentar la Biblia india de John Eliot; y tres universidades españolas tenían casi un siglo de existencia cuando se fundó Harvard. Sorprende por el número la proporción de hombres educados en colegios que había entre los exploradores; la inteligencia y el heroísmo corrían parejas en los comienzos de colonización del Nuevo Mundo.


* El autor, yanqui de nacimiento, se refiere aquí a su país, los Estados Unidos.

Extraído por SDUI de: Los exploradores españoles del s. XVI: vindicación de la acción colonizadora de España en América

sábado, 10 de septiembre de 2016

Entrevista a Juan Mª Fdez. Krohn (II)


P.¿Qué razones quedan para el patriotismo? ¿Qué es para usted la patria?
R. La patria para mi lo es todo. Iría a decir unidad de destino en lo universal, una fórmula muy manida, un poco desgastada y efectivamente criticada por vacía. La patria es unidad; la patria es el pasado que nos mueve, el pasado que no pasa; la patria es la proyección hacia el futuro. La patria es mi religión. Mi fe. Sin patria dejamos de ser lo que somos.

  Yo lo proclamé los años que estuve encerrado. Evolucioné —es algo natural en el ser humano—, pero no renuncié, no claudiqué ideológica o mentalmente por presión del ambiente, como ocurrió aquí en mis tiempos universitarios. Me fui a Bélgica y seguí escribiendo en español, y la prueba es que el público que me lee es español. He tenido serios problemas en Bélgica, judiciales incluso, por asumir mi pasado español. Cuando todavía estaba en pleno auge el problema etarra, yo ataqué, acusé lo que llamaba el santuario de la E.T.A. en Bélgica, por lo que pagué caro. Los etarras encontraron refugio. Hubo etarras reclamados por la Justicia española que no consiguieron ser extraditados porque la Justicia belga se opuso, pues acabaron recibiendo la nacionalidad belga. Era un santuario creado en cierto modo por el propio Estado belga con la complacencia de la comunidad inmigrante española de los años sesenta. No tuvieron valor nunca, al menos hasta el 11 de marzo, cuando hubo una misa en un barrio de las afueras de Bruselas, iniciativa del alcalde flamenco de la localidad, en la que participaron masivamente los españoles. Nunca hubo en Bélgica el menor testimonio de protesta por parte del colectivo español en Bélgica contra el fenómeno de la E.T.A.. De hecho, estos etarras de los que hablo encontraron refugio en los barrios españoles de la periferia de Bruselas.Nunca lo denunció nadie; pero yo he vivido allí treinta años y fui testigo de aquello. 

P.¿Cuál es la situación actual en Bélgica entre valones y flamencos?
R. En España siempre se tuvo la imagen de Bélgica como un Estado artificial. Creado por las grandes potencias en el primer tercio del s. XIX. Es verdad hasta cierto punto. Hubo efectivamente una intervención de las grandes potencias, pero no se debe olvidar que el basamento territorial de dicho estado se lo dieron los Países Bajos hispánicos, también llamados Países Bajos Católicos o del Sur, es decir, la parte que siguió perteneciendo a España después del Tratado de Westphalia hasta el de Utrecht. Pasó entonces al dominio austríaco, que actuó como un poderavientes de la soberanía española en los Países Bajos Católicos. Bélgica es de algún modo un Estado artificial, pero no deja de ser un país de pasado hispano.

  Mi interlocutor y yo llevamos cerca de una hora parlamentando. Intento romper el hilo de la conversación con una brutal digresión. Le pregunto sobre la existencia de Dios y el sentido de la religión. Su reacción parece brusca. «Prefiero soslayar ese tema. Es un problema de conciencia individual», responde.

  No cejo. No aún. Sigo intentando que responda a esta pregunta, sin duda la más malintencionada que le puedan hacer a un exsacerdote. Insisto sacando a relucir la importancia de la espiritualidad como parte connatural al hombre. Por fin se lanza a hablar: «Soy un poco como Nietzsche. Algunos le describieron como un autor posteológico. Era hijo, nieto, bisnieto y tataranieto de pastores protestantes. Había recibido una educación teológicamente muy sofocante. Y en un momento dado de su vida, rompió con toda esa tradición teológica. Me ocurrió algo así. El Dios de la Biblia no me dice nada. Negar o afirmar la existencia de Dios es un tema de fuero interno que prefiero no tratar. Un Dios que nace y renace, como sostenía Nietzsche en sus obras, no me parece escandaloso, sino más bien poético. Me parece que arrastra una fuerza de convicción y una belleza poética indudables».

P.Usted se mostró crítico en multitud de ocasiones con la doctrina del arzobispo Marcel Lefèvre. ¿En qué consiste la doctrina lefevriana y por qué la criticó?
R. Yo fui lefevriano. En un momento dado, rompí por todo lo que he explicado. Monseñor Lefèvre defendía una Tradición que a partir de un momento de mi vida comprendí, era una Tradición muerta. No merecía la pena seguir defendiéndola.

  Yo hago siempre una comparación entre Lefèvre —lo digo en alguno de mis escritos— y el ermitaño del Zaratustra que encuentra Nietzsche deambulando por la montaña. Tiene con él un diálogo bastante divertido, amistoso, sin acrimonia ni hostilidad alguna; y cuando se separan, dice una frase muy acertada. Zaratustra era una imagen del mismo Nietzsche. Cuando deja de hablar con el viejo ermitaño y marcha, dice: ¡Cómo es posible que este hombre aún no se haya dado cuenta de que Dios ha muerto! ¡Cómo era posible que un hombre como Lefèvre no se hubiera dado cuenta todavía de que la Iglesia que defendía había muerto!

P.— ¿Cree que la Iglesia es cómplice y partícipe de la Modernidad?
R. Se ha arrodillado delante de la Modernidad. Es claro.

P.En multitud de ocasiones la prensa ha dicho que era usted un sacerdote ultraconservador, fanático e integrista. ¿Qué respondería ante esas acusaciones?
R. Fui más fanático que otros fanáticos de extrema-izquierda, por ejemplo. He dado muestras de apertura de espíritu mucho más evidentes que otros que niegan ser fanáticos. El simple hecho de haber dejado de lado mi trayectoria católica integrista, en la que nací y crecí es una muestra de apertura. De evolución.

P.—¿Cuál es el referente intelectual o el teólogo por excelencia dentro del integrismo católico? Se habla siempre del integrismo islámico sin ningún pudor; el integrismo cristiano ha quedado relegado al Medioevo...
R. Sí. Te daré un nombre: Joseph de Maistre. Es un autor interesante. Tiene sus limitaciones; pero también cierta actualidad desde un punto de vista ideológico. Tiene una frase ilocalizable en su obra textual que se cita siempre y en la que habla del veneno oculto en los Evangelios, el veneno judeocristiano oculto en los Evangelios; un veneno subversivo.

  De Maistre fue un espíritu abierto en su juventud. Su juventud coincidió con los años que precedieron inmediatamente a la Revolución. Él abrazó el espíritu de Las Luces llegando a ser miembro de sociedades masónicas prerrevolucionarias. Se desata la Revolución y en él se produce una toma de conciencia brutal. Llegó a la convicción de que la Revolución francesa tenía un fondo cristiano, léase judeocristiano. Una idea que, después, retomaría Nietzsche. En El Anticristo habla de la chandala —una expresión del sánscrito que quiere decir los «bajos fondos» o la «hez social» del Mundo Antiguo—, donde, según él, germinó el cristianismo, el judeocristianismo. Una religión de subversión, de bajos fondos que puso en peligro y acabó dando al traste con la magnífica construcción del Imperio romano.

  Una idea hermana, asimilable a la de De Maistre. Se llevó a la práctica en el Concilio Vaticano II. La Iglesia despertó con una nueva religión, una nueva fe; nueva hasta cierto punto. En el fondo era lo que De Maistre decía: ese poso subversivo, marxista por anticipación dos mil años antes de que surgiera el marxismo—, que echó a flote con el Concilio Vaticano II. Lo que De Maistre llamaba el veneno oculto en los Evangelios.

  Le interrumpo. «Puede resultar contradictorio. De Maistre era un integrista católico. Son ideas antitéticas». «Efectivamente —prosigue—, hay una cierta antítesis. Él fue católico hasta el final. En sus años de embajador en San Petesburgo, en la corte de los Zares, buscó y estuvo a punto de conseguir la conversión del Zar Alejandro I al catolicismo romano. Pero su Iglesia era la Iglesia del orden moral. Maurras la llama así. Una Iglesia que entró en crisis con la Revolución francesa y murió oficialmente con el Concilio Vaticano II».

P.Se dice que usted ha formulado la teoría de la guerra de los ochenta y tantos años. ¿Sigue abierta la herida de la vorágine fratricida del '36? ¿En qué formas se manifiesta hoy día?
R. La guerra de los ochenta y tantos años es una expresión de mi propia cosecha y viene a ser, como lo explico y defino en Guerra del ‘36 e indignación callejera, la interminable Guerra del ‘36. Que no ha terminado aún. No hubo ni tratado de paz con el bando vencido ni armisticio o algo parecido; ni siquiera acta de capitulación, como suelen terminar las guerras civiles. Hubo una paz de facto con el bando que triunfó dentro de la zona roja, en la pugna entre anarquistas, comunistas y socialistas, que se entregó a Franco rindiéndose; pero sin constancia alguna de rendición oficial. Uno de los bandos, el comunista, continuó la guerra por su cuenta en la II Guerra Mundial; volvieron a la carga con los maquis hasta finales de los cincuenta y se sucedieron lo que, tomándole prestado el término a la ciencia militar contemporánea, llamo guerra asimétrica: desde el primero de abril de 1939 se sucedieron en España períodos de bonanza y de violencia que eran en realidad formas de guerra asimétrica, de los cuales uno de ellos fue la indignación callejera que hizo estallido en la Puerta del Sol en el 2011, que venía a resucitar de alguna forma el 14 de abril de 1931. El antecedente inmediato de la Guerra civil española.

  A aquéllo llamo yo guerra de los ochenta y tantos años, en una analogía con las Guerras de Flandes. Los holandeses y los belgas las llaman Guerra de los ochenta años, una expresión inusual en Historia española; la historiografía española habla de Guerras de Flandes. Los ochenta años van desde el comienzo oficial de la guerra, cuando el Duque de Alba llega a Bruselas y ejecuta públicamente a los condes de Egmont y Horn, provocando la sublevación general del protestantismo y desencadenando una guerra declarada en Flandes, hasta el Tratado de Westphalia, que pone fin al mismo tiempo a las Guerras de Flandes y a la Guerra de los Treinta Años, la fase final de las guerras de religión. Llamo yo de la anterior forma a la Guerra civil española porque las Guerras de Flandes tuvieron sus fases de tregua —a veces incluso de veinte años— y de lucha abierta.

  La Guerra Mundial fue la continuación de la Guerra civil española, o si se prefiere a la inversa, la Guerra civil española fue la primera batalla de la Guerra Mundial, algo que defienden muchos historiadores. Y la Guerra Mundial fue el preludio de la Guerra Fría. Aquí, aquélla se prolongó con los maquis. Hubo una paz desde los cincuenta hasta los sesenta. A partir de los sesenta, se enrarece el tema y aparece la Revolución cubana, un resucitar de la Guerra civil española en la medida que los revolucionarios cubanos reivindicaban el espíritu de los vencidos. Castro acogió muchos exiliados españoles. Se puede decir, en cierto modo, que el castrismo fue una continuación de la Guerra civil. Viene después el Concilio y la mutación cultural de España.Y justo entonces, la eclosión de la violencia terrorista de la E.T.A.. La violencia etarra enlaza con la violencia de la Transición: entre 1968, cuando yo localizo dicha mutación cultural, y 1978, una fecha dada por Pío Moa en su libro La izquierda violenta. Llegamos ya al siglo XXI, una nueva fase de tregua hasta la eclosión de las Primaveras árabes y del fenómeno de la indignación callejera. Asistimos de nuevo a una guerra asimétrica, no en forma declarada pero sí en forma de violencia insidiosa que perseguía fines guerracivilistas. Los sucesores del 15-M reivindicaban claramente la vuelta al 14 de abril del 1931: la apertura de un proceso constituyente que hiciera tabla rasa de ochenta años de historia española y la instauración de una Tercera República.

P.Un tema de candente actualidad son las intentonas infantiloides de algunos catalanes por separarse del resto de España ¿En qué consiste, a grandes rasgos, la tesis que usted sostiene en su libro Cataluña en guerra?
R. El libro tiene tres líneas maestras. En la primera, de tipo histórico, resumo, destapo y saco a la luz un episodio rodeado de mil tabúes en la Historia española sobre la cuestión catalana: el episodio de la llamado Rebelión de los Segadores, que no lo eran en realidad. Eran burgueses desclasados en su mayoría por culpa de una sucesión de malas cosechas y calamidades que traen las guerras, como la de los Treinta Años, en regiones fronterizas como Cataluña con Francia, que estaba en guerra con España. Eran burgueses desclasados, agentes de la monarquía francesa muchos de ellos; franceses instalados aquí, a sueldo y bajo las órdenes del Cardenal Richelieu, regente del Reino y hombre fuerte de la monarquía bajo Luis XIII, el cual declaró oficialmente la guerra a España dos años antes de la Rebelión catalana. Había también disidentes religiosos, fundamentalmente protestantes y moriscos que habían sobrevivido al Decreto de Expulsión. Este conglomerado entró en subversión y llegaron al asesinato, con carácter ritual y totémico, del virrey de Cataluña, Dalmau de Queralt, de estirpe puramente catalana, de caballeros que habían participado junto a Jaime I en la toma del Reino moro de Valencia. Lo asesinaron salvajemente, comparable en circunstancias a la muerte del Coronel Gadafi. Ello creó el mito fundador del separatismo catalán. No fue la Guerra de Sucesión, contra lo que nos quieren hacer creer. Algunos la llaman Guerra de Secesión, de separación; otros, Revuelta catalana. Yo prefiero llamarle Guerra de Secesión, inmediatamente sucedida por la Guerra de Sucesión. Dichos hitos forman el hilo conductor de la historia reconstruida del catalanismo. Una historia de Cataluña que comienza a partir de 1640. Una historia reconstruida parcial y artificalmente; porque Cataluña existía de mucho antes. Falsa, además.

  La segunda línea es el protagonismo clerical, vaticano en la eclosión del separatismo catalán durante el s.XIX. El Pontificado de León XIII se había ilustrado de figuras como el obispo Borrás. León XIII pretendió firmar la paz con los ideales que habían triunfado en la Revolución francesa; enterró para siempre la vieja alianza entre el Trono y el Altar del Antiguo Régimen; y proclamó que, en lo sucesivo, no habría ningún problema en aliarse con las nuevas repúblicas surgidas de la Revolución francesa, más o menos abiertamente animadas por poderes masónicos. León XIII pasó a la historia como un Papa demócrata y liberal. Durante su Pontificado se incuban los separatismos catalán y vasco, como denuncia Rafael Sánchez Mazas, uno de los fundadores de Falange, en un libro que publicó en 1932, que el Vaticano le obligó a hacer desaparecer. Un libro llamado España y Vaticano, en donde se denuncia el protagonismo y la complicidad del Vaticano y de la Iglesia española en la incubación y la eclosión de ambos fenómenos, a través sobre todo del Colegio Español de Roma y la Cofradía de los Píos Operarios de San José, constituidos esencialmente por clérigos eclesiásticos vascos y catalanes. Tenían un sello clerical innegable.

  Llegamos a la Guerra civil y al protagonismo nefasto del cardenal Vidal i Barraquer, arzobispo de Tarragona, que reivindicaba el título de cardenal primado por ser Tarragona para la Iglesia catalana la sede primada de España, y no Toledo. Fue, de hecho, el hombre de confianza del Papa Pío XI. Antes de proclamarse la República, dicho cardenal tuvo agentes en la firma del Pacto de San Sebastián. En el momento de estallar la guerra, se pone del lado republicano. El Alzamiento en Barcelona fracasó, y ello llevó, junto al fracaso en todo el Levante, a que la Guerra se prolongase. De no haber fracasado en Barcelona, la guerra hubiera sido impensable; o apenas hubiera durado unos días o semanas. La responsabilidad histórica que arrastra Vidal i Barraquer en el desencadenamiento de la Guerra civil es abrumador, en la medida en que el fracaso en Barcelona se produjo dada la derrota en la batalla campal producida en las calles barcelonesas el 19 de julio del 1936. Por culpa de la actuación de la Guardia Civil catalana y sus mandos, el General Aranguren y el coronel Antonio Escobar. A las dos de la tarde, cuando las espadas estaban en alto en las calles de Barcelona, en una batalla campal entre los alzados y los anarquistas, los Mossos d’Esquadra y otras fuerzas del orden, Escobar, al mando de todos los destacamentos de la Guardia Civil en Cataluña, que se habían ido concentrando durante el día, avanzó por la Vía Layetana, y al pasar por delante del edificio de la Generalitat, donde arengaba a las masas Lluís Companys, se volvió hacia él, le saludó militarmente y dijo «a les seves ordres, President!». A partir de allí fueron a la Plaza de Cataluña y a la de la Universidad, donde estaban los principales reductos sublevados. Acabaron sofocándolos con una columna de más de mil hombres armados. El fracaso del Alzamiento en Cataluña fue culpa de la traición [o fidelidad, según se mire] de la Guardia Civil y de la Sede de Tarragona. El Papa Pío XI tardaría un año en definirse a favor de la España sublevada estallada la guerra. El cardenal está camino de los altares, completamente rehabilitado en el catolicismo, sobre todo catalán.

  La tercera es el fenómeno del éxodo rural de los sesenta. Y antes incluso, en los cincuenta. El éxodo rural que se produce desde Andalucía en dirección a Cataluña es masivo. ¿Por qué de Andalucía y por qué a Cataluña? ¿Por qué todos esos inmigrantes, una vez resolvieron sus problemas, mejoraron su posición y prosperaron, volvieron a sus tierras de origen? Unas preguntas que quedaron siempre sin respuesta y a las que doy una respuesta en clave guerracivilista. Andalucía tenía, efectivamente, un problema social antiguo; pero era la región de España donde la Guerra adquirió visos de guerra social, de lucha de clases, entre ricos y pobres. Tras la Guerra, esa masa de jornaleros que emigran hacia Barcelona, salen los vencidos de la Guerra civil. Arrastraron con ellos una memoria de vencidos que transmitieron a sus hijos y a sus nietos. ¿Por qué a Cataluña en vez de a Madrid, que estaba creando un gran cordón industrial en la periferia, o incluso a Zaragoza? Para ellos, Barcelona encarnaba el espejismo de la Cataluña de la Guerra civil, la que más duró contra la España sublevada. En los años ‘60, cuando tenía un desarrollo mayor que otras regiones, encarnaba las promesas de revancha de los vencidos. Fue un éxodo rural del tipo económico y, al mismo tiempo, político. Algo rodeado de tabúes durante décadas. Aquéllo explica que hoy el principal protagonismo del separatismo lo encarnen los descendientes de los emigrantes andaluces, lo que llaman despectivamente charnegos. Paradójicamente. Los charnegos, enemigos de Cataluña en su origen, acabaron siendo los abanderados principales de la causa independentista. Por ejemplo, la Diada transcurre por la Avenida Meriadana, una especie de eje de concentración de población inmigrante en Barcelona. O el hecho de que actualmente esté en el poder un partido como la C.U.P., integrado en gran parte por hijos de inmigrantes.

P.El Papa Benedicto XVI afirmó que los enemigos de la Iglesia estaban precisamente dentro de la Iglesia. ¿Algo que objetar al respecto?
R. Esa cita viene de mucho antes, de Pablo VI. Habló de la humareda de Satanás. Creo efectivamente que la Iglesia fue un bastión en defensa del orden y de la civilización durante siglos. A partir de la Revolución francesa claudicó, como lo ilustra el gesto histórico de Napoleón, que se hizo coronar en París por el Papa Gregorio VII; en el momento en que el Papa le iba a coronar Emperador, Napoleón le arrancó la corona y se la puso encima, una forma de decir que el que se coronaba era él. Que no necesitaba de la Iglesia o del Papa. Napoleón era la encarnación de dichos ideales ilustrados.

  A partir de ahí, la Iglesia se postró por razón de fuerza mayor al nuevo orden democrático. Quedaba, no obstante, un entramado institucional que entra en fase de delicuescencia con el Concilio Vaticano II. Pablo VI, como un eufemismo, dijo aquello para hacer tragar la píldora a los católicos del mundo entero. De darles a entender que el mundo había cambiado y la Iglesia y la religión, también. De otro modo habría renunciado.

P.— ¿Por qué oponerse al entramado marxista?
R. El marxismo nos viene a los españoles de la Guerra civil. Hubo muchas muertes, mucha sangre para ponerle freno. El marxismo era una nueva religión, cuestión de creencia. Algunos creyeron en ella; otros no creemos. Es una cosa irreductible. Hay actitudes en la vida que no se explican. Por qué algunos fuimos antimarxistas y otros marxistas es difícil de explicar. Son apuestas existenciales. Somos lo que somos. Semper idem.

martes, 6 de septiembre de 2016

Entrevista a Juan Mª Fdez. Krohn (I)


  Apasionado de las Letras, se dice que es un experto en Historia, Arte y Literatura de la época de la denominada guerra civil posespañola, y es ante todo famoso por haber intentado atentar contra el Papa Juan Pablo II en Fátima, Portugal, en el año 1982. Ha escrito sendos libros como ¡Yo acuso al Papa!, publicado por la editorial ATE, y otros cuatro publicados por la Editorial Círculo Rojo: El padre falangista de Francisco Umbral, Guerra del '36 e indignación callejera, Cantos de amor y de guerra civil y Cataluña en guerra.

P.¿Qué intereses filosóficos, religiosos, culturales tiene el joven Juan María? ¿Cuáles son sus afinidades políticas primeras?
R. Mamé la ideología de la España de entonces. Nací en el cuarenta y nueve, en pleno régimen de Franco. Desde niños se nos inculcó, a grosso modo, la ideología falangista-joseantoniana: ésas fueron mis coordenadas, mis parámetros ideológicos.

P.¿De dónde viene su segundo apellido Krohn?
R. Viene de mi bisabuelo materno, de nacionalidad noruega. Las raíces genealógicas del apellido Krohn vienen del norte de Alemania, de la época en que la región Schleswig-Holstein formaba parte del reino de Dinamarca. Mi bisabuelo Krohn era noruego, pero el apellido es danés. La toponima se trasladó a Noruega cuando ésta aún formaba parte del reino de Dinamarca, hasta principios del s. XIX. Siempre pensé que mi apellido Krohn era alemán; hoy creo que es bajoalemán, más bien danés.

P.Hoy en día resultaría chocante encontrarse a un joven que quiera ser cura. ¿Cómo descubre su vocación sacerdotal? ¿Qué estudió en su juventud?
R. Yo no nací pensando que fuera a ser cura; que iba renunciar a las mujeres, a llevar una vida normal. Hay que decirlo. La vida de un eclesiástico en la Edad Media, inmersa en la sociedad civil, era normal; en la actual es una vida aparte, una vida anormal, atípica en muchos aspectos, sobre todo en el plano sexual por culpa de la disciplina del celibato.

  Si se le puede llamar así, la vocación sacerdotal me la impuse al cabo del tiempo, cuando ya tenía la veintena. Comentábamos un poema durante la presentación de Cantos de amor y de guerra civil, un canto amoroso —para qué negarlo— dedicado a una fiel amiga mía de la Facultad con la que rompí por todo este proceso que me llevó al seminario, al que defino como un enroque psicológico e ideológico resultado de la mutación cultural que se produjo en la Universidad española entre finales de los sesenta y comienzo de los setenta; una mutación cultural que coincidió con el Posconcilio Vaticano II inmediato. De la noche a la mañana, la vida universitaria con la que yo convivía, cambió. Ideológicamente, los estudiantes se hicieron en su mayoría de izquierdas o de extrema-izquierda. En la Facultad de Económicas era un fenómeno fortísimo.

P.¿Intentó usted asesinar al Papa en Fátima?
R. Sí; hay que asumirlo. Lo asumo.

P.¿Qué acontecimientos le llevaron a ejecutar el intento de magnicidio? ¿Por qué razones?
R. Engarzando con la pregunta anterior, dicho enroque me llevó a apartarme del mundanal ruido. Yo era católico bautizado, criado en un medio católico como la mayoría de los españoles, y me di cuenta de que aquella mutación cultural venía en parte de la Iglesia. Fue una especie de reacción ingenua y desesperada por intentar poner remedio a ese mal que veía dentro de la Iglesia. Ello me llevó a comprometerme eclesiásticamente: la autodemolición de la Iglesia, la crisis interna de la Iglesia que siguió al Concilio Vaticano II, ilustrado sobre todo por una actitud ideológicamente filomarxista.

P.Si me disculpa por la osadía, ¿qué piensa un hombre en el momento en que se abalanza sobre una figura tan renombrada como lo fue el Papa Juan Pablo II?
R. Fue espíritu de sacrificio. Lo asumo. Lo hice así.

P.— ¿Se arrepiente?
R. No. Nunca lo hice. Quedé muy contento por que las cosas salieran así, por que no me manchara las manos de sangre y por que el Papa Juan Pablo II muriera muchos años después sin que yo tuviera nada que ver.

P.¿Cuánto tiempo estuvo encarcelado?
R. Estuve tres años y medio; y de resultas indirectas, en Bélgica, otros tres meses y medio también.

P.¿Por qué motivos decide abandonar el sacerdocio?
R. Me liberé. La noche en que ocurrió aquello en Fátima tuve un sueño muy plácido. Cuando me desperté me dio la impresión de que habían saltando en añicos dentro de mi cien prejuicios, cien a priori. Todo un corsé —ideológico en parte— que saltó en pedazos dentro de mi.

P.¿Por qué su autoexilio en Bélgica?
R.No tenía otro sitio donde ir. Fui administrativamente expulsado de Francia, de Suiza, de Portugal… En España me encontré con las puertas cerradas. Bélgica era, además, un país hispano.

P. ¿A qué se dedica actualmente Juan Mª Fdez. Krohn?
R. He hecho de todo en Bélgica. Trabajé de todo. Nunca tuve una situación estable, tampoco pude tenerla por culpa de mi pasado. Me persiguió siempre, sin parar. Obrero agrícola, mecánico, trabajos manuales diversos: todo ello me acabó dando derecho a una pensión. Ahora me ocupo en trabajos de investigación y literarios.

  La conversación pesa por su monotonía. «Ésta ha sido sustanciamente mi vida», concluye. Pasamos ahora a platicar sobre temas del espíritu, mucho más vastos y candentes.

P.¿Cómo se definiría ideológicamente?
R. ¡Qué difícil lo pones! Me arriesgo a definirme como un espíritu... (mi interlocutor se muestra dubitativo, como procesando informaciones pesadas. No acierta a decir palabra. Al fin, arranca). Iba a decir una fórmula francesa que en español tiene difícil traducción: antilumière. Las Luces, Les Lumières fue el espíritu que preparó la Revolución francesa, la Declaración de los Derechos del Hombre y la democracia. En el s. XIX se produjo una reacción contra todo aquello. A partir del Romanticismo —primeramente, el alemán—, en el s. XX se acabaría desembocando en fenómenos ideológicos como el nacionalsocialismo y el fascismo, la Falange en España y movimientos afines. Esos movimientos murieron, pero dejaron un poso que yo asumo.

P.Usted ha escrito un libro sobre el escritor Francisco Umbral, uno de los grandes olvidados. ¿Qué influencia ha tenido sobre su pensamiento?
R. Umbral fue para mi un problema. Ortega decía que Unamuno era para él un problema. Para mi, Umbral fue un problema, porque, desde que empecé a leerlo, hace ya muchísimo tiempo, entablé con él una especie de relación intelectual — nunca lo conocí— de amor y de odio. Leía a Umbral y me disgustaba, me llevaba berrinches; otras veces, de repente, leía cosas que me provocaban ataques de risa… Fue un fenómeno de lo más insólito, inédito en comparación con el resto de escritores en lengua española. Me propuse estudiarlo, leerlo a fondo. Aquel fue el punto de partida de una tesis doctoral que estuve preparando en Bélgica y que no pude defender por razones puramente ideológicas.

  Francisco Umbral simboliza, en mi opinión, una cohabitación forzosa entre las dos memorias antagónicas de la Guerra civil: Umbral fue un niño de derechas, como lo confiesa él mismo en el título de Memorias de un niño de derechas. Perteneció a una familia vallisoletana de clase media. Creció entre los estragos de la Guerra civil en Valladolid. Su familia estaba inmersa en la sociedad de la posguerra inmediata, marcada a fondo por el franquismo y la ideología falangista. Al lado de eso, Umbral arrastraba un problema existencial que salió a relucir al final de su vida: era oficialmente hijo de padre desconocido. Éso le produjo un auténtico problema existencial a medida que su propia madre nunca lo asumió del todo, es decir, nunca lo reconoció como tal. Le hizo pasar [a Umbral] por su sobrino. Le llevó a una situación sin salida cuando tenía once años. Su madre, para no descubrir el pastel de la filiación desconocida de su hijo, que había nacido el la Sierra de Madrid, se vio obligada a desescolarizarlo. A partir de los once años, hasta la adolescencia, Umbral fue un crío de la calle.

  Su madre ensayó vías didácticas alternativas, que en la España de entonces eran inusuales y problemáticas, con redes de enseñanza, clases nocturnas, etc. Pero, por su circunstancia, Umbral era un niño dejado en la calle, abandonado durante el día. Su madre marchaba a trabajar, lo dejaba en la biblioteca al cuidado de nadie. Todo lo anterior, le lleva a una experiencia atípica: el encuentro con el mundo de las minorías sociológicas, mayormente quinquis y gitanos que frecuentaban las orillas de los ríos vallisoletanos, el Esgueva y el Pisuerga. Umbral acaba en el río. Como dice en muchas de sus novelas: he ido al río, allí he pasado mi vida y fue donde encontré las minorías marginales. Ellos le inculcaron, por así decirlo, la otra memoria sobre la Guerra civil española. Su memoria propia, una memoria afín o asimilable por los vencidos. Estas dos memorias coexisten en el espíritu de Umbral: se trasluce en sus novelas sobre la Guerra civil, que yo llamo novelas guerracivilistas.

  En Bélgica, la Ley de la Memoria Histórica tiene fuerza vinculante. En España ésto se oculta, rodeado de tabúes. Pero de puertas para fuera, por encima de los Pirineos, la Ley de la Memoria Histórica tiene más fuerza vinculante incluso que aquí. En esa lógica, me vi imposibilitado de defender mi tesis, que preparé dedicándole mucho tiempo y esfuerzo durante más de dos años. Pero Umbral era heterodoxo en este punto. Defendía la memoria de los vencedores, de un niño de derechas, que en dicha ley es algo excluido, condenado, marginado.

P.¿Qué corrientes de pensamiento influyen en su forma de ver el mundo? ¿Algún escritor o filósofo preferido, aparte de Umbral, claro está?
R. Nietzsche. Recuerdo que, estando en las cárceles portuguesas, un recluso de izquierdas, a modo de broma y de desafío también, me dejó un libro de Nietzsche, tal vez el más transgresor, el más polémico de todos: El Anticristo. Recuerdo devolvérselo escandalizado; solamente por darte una idea de los a prioris que yo arrastraba sobre la figura y la obra de Nietzsche y que venían de mi tradición católica.

  Nietzsche, al contrario que Marx, no fue rehabilitado en el Concilio Vaticano II. Un filósofo francés, Gabriel Marcel, existencialista católico, acuñó una frase muy brillante, como todas las buenas frases francesas: «El Concilio Vaticano II olvidó dar una explicación a Federico Nietzsche como se la dio a Marx y a Freud». Nietzsche era un autor maldito. Fue condenado a título póstumo en los tribunales de Núremberg. Y desde ese punto de vista, la Iglesia, la cual se plegó al orden democrático mundial surgido de la Paz de Yalta, estaba en la imposibilidad moral de rehabilitar a Nietzsche como sí hizo con Marx y con Freud, que estaban en el sino de los tiempos.


Continuará...

domingo, 14 de agosto de 2016

La crisis de la Iglesia: un suicidio acompasado



Por Diego de Mora


 A todo hombre que tenga la desventura de vivir en la Posmodernidad —y sobre todo, el infortunio de percatarse de tan desgraciado hecho; pues, créanme, no es del todo agradable vivir en una sociedad cuyo modus vivendi resulta sobremanera insuficiente de cara a las pretensiones propias—, le habrá sido dificultoso, cuando no imposible, desasirse de los patrones culturales y vitales que se le ofrecen. Y si lo es para el hombre, también para la Institución.

 Es indudable que la Modernidad —entiéndase por tal término, el sistema civilizatorio derivado del triunfo del liberalismo— ha descargado sus embates contra dos instituciones: la Familia y la Iglesia. No pararemos aquí y ahora en explicar las estrategias de ataque que se esgrimen en su contra. Sobre aquello ya hay escrito. Nos limitaremos a afirmar que son objeto de asalto.

 Ser antimoderno es una cuestión de dignidad. Muchos católicos quisiéramos que la Iglesia retomara los tiempos y rumbos preliberales. Pues la Iglesia no ha sabido leer su papel en el mundo moderno.

 Decía el Venerable Bartolomé Holzhauser que la historia de la Santa Iglesia tenía forma de arco. Diferentes etapas. Algunas crecientes, en auge; otras lisas, de estabilidad. Y las últimas dos, decrecientes, de decadencia. El momento en que la Iglesia abandona la planicie para lanzarse, descontrolada, al suicidio es la coronación, en la catedral de Notre Dame, de Napoleón, en diciembre de 1804. La ceremonia vino a simbolizar la entronización del Hombre. Su desafío y aparente victoria sobre la Autoridad Divina, papal. Toca dicha ruta suicida su culmen, como saben, con la inauguración del Concilio Vaticano II, en 1962.

 Hilan más que nunca al caso de toda esta espiral nihilista posconciliar los sucesos últimos. Ataques terribles contra la Iglesia en las últimas semanas evidencian la situación. El saldo es barbárico: dos sacerdotes asesinados, un templo demolido para levantar, en su emplazamiento, un aparcamiento y decenas de mártires en el Oriente Próximo. La respuesta de la Santa Sede, ninguna. Nada. Lloriqueos, movilizaciones virtuales, homenajes públicos, etc.: política inútil, estéril, que a nada conduce. Ni una respuesta contundente. Ni un solo contacto, ni un atisbo de presión diplomática sobre la teófoba República francesa para impedir la demolición de Santa Rita. Ni una sola condena frente a los atentados. Ni un solo documento explicando las verdaderas razones ocultas, la ferocidad capitalista tras aquello que ellos llaman refugiados. Nada. ¡Basta ya!

 Escribo estas líneas para ponerlas en relación con mi última experiencia litúrgica y aquello de que la Iglesia no ha sabido leer su papel en el mundo moderno.

 Discúlpenme la digresión. Desde que era un crío, vengo veraneando en mi patria chica, en Santander. Ya presuponen ustedes, por el objeto de este escrito, que un sujeto como yo debe ser un tipo inactual. Detesto fundirme en el vulgo, vaciarme en él. Pasar las horas en la playa, comprar compulsivamente, almorzar en restaurantes lujosos y otras actividades superficiales propias de les vacances. Cuánta razón tenía Unamuno cuando afirmaba aquello de que «el lujo estalla en las sociedades enriquecidas pero hundidas en ociosidad espiritual».

 Al caso: el jueves pasado fue un día de aquellos que los burgueses llaman malo. Cielo encapotado, lluvia intensa y algún trueno de más. Yo, amante de los momentos melancólicos, salí la tarde a la calle. A ver qué quedaba de la ciudad que vieron los ojos de Menéndez Pelayo. Dieron a parar mis piernas en la parroquia de la Anunciación. De estilo renacentista, justo enfrente de la Catedral. Eran las ocho de la tarde. El portón estaba abierto y me dispuse a entrar.

 La misa transcurrió en la aburrida monotonía de cualquier burda misa posconciliar. No presté mucha atención a la liturgia apocada, salvo en la lectura de los Santos Evangelios y al recibir el Sacramento de la Comunión. Siempre que escucho misa, por alguna razón, me asalta la convicción de que urge rescatar la liturgia tridentina. Una liturgia solemne, espiritual. Que permita al alma adueñarse de sí misma y tocar, por momentos, su propia divinidad. ¡Ay del que sea incapaz de vivir tales momentos!

 No así, mi sorpresa advino cuando, de repente, tras recibir la bendición del cura, las luces se apagaron. El interior del templo quedó todo a oscuras, salvo por una vela que iluminaba en la hornacina del retablo la imagen de la Virgen. El sacerdote dio media vuelta, y como antes se hacía, entonó el Salve Regina. En latín. Los fieles cantamos la oración, y nuestras alabanzas se tornaron en un tono místico, profundo, ascético. Grata sorpresa la mía. Había encontrado los momentos de refugio espiritual que tan desesperadamente buscaba.

 Decía unos párrafos atrás, antes del exabrupto, que la Iglesia no ha sabido leer su papel. No ha sabido leerlo porque aún no ha hecho el diagnóstico correcto de la Modernidad. Me explico. La Iglesia es una institución inactual. Para los menos. El mundo moderno se levantó en su potencia contra la Iglesia, contra sus valores. Los más íntimos. La aborrece, pretende destruirla. El mundo moderno está llamado a triunfar. Ha triunfado.

 Vivimos, claro es, una época en que la antigua escala de valores ha sido subvertida. Vivimos una época disolutoria, en que las relaciones orgánicas comunitarias están siendo disueltas. Eliminadas. Entre ellas, la relación del hombre con Dios. Una época de primacía de los valores materialistas, comerciales. De mercantilización de la vida comunitaria. En todas las esferas. Siguiendo siempre la lógica liberal. La fuerza, autoridad e influencia de la Iglesia se han visto diezmadas como nunca antes. Es un trance insólito. La Iglesia se ha separado del pueblo, y no va a volver a él. Salvo que...

 El Concilio Vaticano II trajo consigo la prostitución de la Iglesia. Fueron prostituidos, vendidos los valores y formas tradicionales. Valores y formas que, hasta la entronización napoleónica, moldearon la configuración civilizatoria de la Cristiandad. Y al subvertirse los valores tradicionales, la Iglesia quiso subvertir también los suyos. Siguiendo el adagio darwiniano «adaptarse o perecer», quiso hacerse al mundo moderno. Fatal error.

 La Iglesia se ha deshecho de los patrones tradicionales: ha banalizado elementos y ritos tan íntimos, tan profundos, sagrados como la Eucaristía al negar la transubstanciación, la presencia de Cristo en la Comunión, que es el Corpus catholicae.

 La Iglesia no ha comprendido que la Revolución liberal, cuya columna fue la religiosa de Lutero, iba dirigida contra ella. Que la subversión de los valores católicos era un ataque directo y sin contemplaciones contra ella. Que los nuevos valores, los modernos, son antagónicos a los nuestros.

 La Iglesia ha querido ser aceptada en una sociedad inaceptable. En un mundo que ha hecho burla del Catolicismo. Y la aceptación, dadas las circunstancias, supone vaciamiento doctrinal y espiritual. Titulaba este escrito suicidio acompasado porque el de la Iglesia, si insiste en estas sus nuevas rutas, es un suicidio que marcha al compás de la espiral nihilista, disolutoria de nuestra época. Tiempo ha que la Modernidad se condenó al suicidio. Cosa nuestra es dejarnos arrastrar por la corriente mortal o enrocarnos en la resistencia más dura.

 La Iglesia ha de ser conductora, pastora de almas. Jamás descarrío. La Iglesia ha de ser el último refugio espiritual de Occidente. El último bastión de resistencia frente a la ruina moral generalizada, hecha ley. Tamaño deshonor sería lo contrario. Y antes prefiero la derrota que no la humillación. ¡Éste es su papel: la ruda resistencia!

 Porque la historia es lineal, y acabará en el momento en que el número de almas elegidas para la Salvación sea completo. Porque Dios no busca a los más, sino a los limpios. Porque Dios no busca a los muchos, sino a los electos.

 Y el que quiera oír, que oiga. Y el que quiera entender, que entienda.